jueves, 17 de mayo de 2007

Miembros

Si se pudo decir algo malo de él es que su manos tenían sueño y se acostaron capturando aquel cuello. Porque las manos también quieren soñar y dormir entre las sábanas de los cuerpos y por alguna casualidad tus manos pueden querer dormir en ese cuello concreto o abstracto que se te presenta. Luego ese cuello se asfixia entre la respiración tranquila de una mano tranquila que quiere dormir como cuando eras niño - y no dormía sólo la mano sola sino que dormía entero el cuerpo entero -. En aquel entonces no se te podía culpar de nada. Así que lo único de lo que se le podía acusar era de que sus manos tuvieran sueño. Más tarde, una vez ya sus manos dormían bajo tierra, si se le pudo acusar de más cosas; se dijo que las manos araban la tierra entumecida intentando escapar del castigo o que la boca, casi cubierta de tierra pero no completamente obturada, escupiese aquello de “En esta ciudad se forman barricadas de silencios y los desagües no pueden aliviar el peso de tanta carne putrefacta, de tantas palabras muertas. En esta ciudad las personas nos miramos desde trincheras de anormal incomprensión que se elevan igual que el humo se levanta en una hoguera recién humedecida. Ya no quiero más esta ciudad que está llena de tanto barro y lodo e inmundicias de todo tipo”. De eso sí se le pudo acusar.

De todo esto sacamos que hay moral y conciencia para nuestras manos; hay manos que se aposentan en los cabellos y otras que raspan la piel mientras que las hay que duermen ablandando los cuellos. Podemos obtener por último que hay algo de nacionalismo en nuestros cuerpos y que por lo tanto hay una independencia tributaria y moral para cada parte de ellos; por lo que si tu mano te ofende vas y te la arrancas, que ya es bastante. Tenemos manos y piernas e ingles que intentan actuar por su cuenta y desde que eso ocurre nada vuelve a ser como cuando, antes y mucho antes, esto no te importaba. Y dormías con la conciencia – y tus miembros con sus entrañas – muy tranquilos.

P.d: Y todo esto que debe ser un acto de enajenación de mi cabeza con respecto al resto sin que yo me dé entera cuenta...

martes, 15 de mayo de 2007

A sotavento

En medio del silencio tus besos se abrieron en manada, blancos, verdes y amarillos...¿Cuantos colores en besos? ¿Cuantos colores de besos? En medio del silencio se abrió tu boca, tu regazo y tus piernas. Ahí ya no se puede hablar de colores sino más bien de fe (al fin y al cabo, una religión más. Creer o no creer en ti, tus piernas, tu pecho y tus colores). Estoy volviendo a recuperar la fe después de tanto tiempo de penurias. El durmiente ya amanece, padre. El durmiente ya ha despertado.

p.d Ni una sola gota de agua en Arrakis, planeta desierto. Exactamente lo mismo que en mi sangre y mi semen.

domingo, 13 de mayo de 2007

Dulce-amargo sabor a granada

El 17 de mayo, poco antes de que el descanso veraniego se contagiase en el cuerpecillo de todos los hombres y mujeres del país, empezaron los terribles ataques de picor que asolaron la vida de M. Si en un principio se pudo decir que era un problema menor, una incomodidad, en pocos días la cosa se convirtió en un asunto de importancia capital para el bueno de M. No sólo era un picor continuo y abrasador que se desplazaba por toda la anatomía, gris y hasta ese momento totalmente típica del tipo del que hablamos con esta tipografía, ya saben M., sino que tenía el magnifico don de enfurecer de sobremanera a este señor que hasta el día 17 de mayo no había levantado su voz a nadie. Cuando digo nadie quiero decir a nadie de verdad, ni a su padre ni menos a su madre, su jefe, que era un negrero y había sido golpeado con elementos contundentes por obreros descontentos en varias ocasiones, en el caso de M. lo único que había recibido eran saludos de los que hacen eco – ya se sabe que es necesaria la distancia para que el eco pueda existir, lo cual indica muy señores míos algo, sino todo, lo que necesitan saber sobre el estúpido tema de los saludos de M. a su jefe -. M. estaba enfadado y para intentar remediarlo no se le ocurrió otra cosa, el día 22 de mayo, que golpear su cuerpo contra las cosas – aunque pueda parecer una salvajada o como mínimo una estupidez – para intentar aplacar ese picor continuo, culebreante, que tanto podía anochecer en el brazo como se podía despertar en plenos genitales. M. se golpeó, por este orden, la cabeza, los riñones, la cabeza de nuevo pero esta vez con insistencia genial en las sienes, las axilas, la planta de los pies contra la esquina ardiente de la puerta del horno de su casa – marca Fagor -. Gran descubrimiento fue este último asunto, el de la puerta caliente, pues en ese momento se dio cuenta de que las quemaduras eran mucho más efectivas que las simples contusiones – los moraos de toda la vida -. Para seguir relatando habría que describir el gran avance en materia de auto mutilación y destrucción de la propia integridad como individuo que obtuvo el tipo-tan-majo-este. Del alcohol se paso a la gasolina, de ahí a las camas de clavos y a las cajas con serpientes venenosas. También probó con el daño físico a terceros, violaciones, hurtos con violencia o el simple cachiporrazo por la espalda y miro para atrás, tiro la barra de acero ovetense, y si te he visto no me acuerdo. El picor ni subía ni bajaba ya en intensidad porque realmente cualquiera se hubiera percatado de que aquello no podía ir a más. En la cama todo se hacía insoportable y el sexo estaba vetado porque en medio del acto siempre se le iba el picor con el flujo sanguíneo – que en este caso ya saben exactamente a donde se larga – y la cosa se volvía impracticable. Que si me pica pues me rasco y luego no vean ustedes que cuanto más me rasco más me pica lo que nos deja con un problema de, porque no decirlo, cojones. Se pueden imaginar que M. estaba empezando a sentir una leve incomodidad en su vida.

El día 29 de agosto nuestro protagonista contrajo matrimonio con una chica estupenda, prostituta de profesión, y pasaron la luna de miel en la Canarias por aquello de que el negocio no andaba muy bien, tampoco marchaba lo del picor de M., que ya no sólo se le movía por el cuerpo sino que parecía que lo hacía con inteligencia y sarna; si tenía que usar la cabeza pues allá que iba, daba por el culo, y migraña al canto que se provocaba el tipejo de tanto rascarse la cabeza. Lo único bueno de todo aquello eran los masajes tailandeses que le daba su actual mujer, un dechado de delgadez y pómulos rellenos de botox, para intentar aliviar a su flamante maridito de estar forzado a andar rascándose la espalada con el gotelet de las paredes.

El día 31 de agosto nada más lanzar a su ya no tan flamante - y si puede ser incluso un poco más puta – mujer por la balconada de la habitación del hotel (cortinas blancas y fuerte iluminación solar desde arriba aunque con un poco de inclinación por ser la última hora del día). Este movimiento no le salió tan bien como el esperaba porque, primero la muy pícara se agarró a la barandilla de la balconada para luego ir a caer a la piscina desde la despreciable altura que puede alcanzar el primer piso de un hotel de cuatro estrellas en primera linea de playa. Una vez comprobado desde la habitación que su mujer se encontraba – encantada – siendo rescatada por un fulano con los ojos cubiertos por las gafas de sol y el miembro oculto tras un bañador rojo, el odioso picor se dividió en tres, uno para cada lado de la frente y el otro para el propio esfínter del ano. Esto fue ya demasiado para el bueno de M. que en un arranque de furia se golpeo su mano hasta que la vio bien muerta, no sólo rota sino totalmente enajenada con respecto a la vida, con la diminuta puerta del mueble bar del apartamento. El sol caía ya casi del todo de la esfera terrestre y M., con la mano muerta, y un fuerte picor generalizado se golpeó el cuerpo hasta que obligó al picor a concentrarse en la mano y cuando lo tuvo bien retenido, como si de una res se tratase, se seccionó la mano sin pensarlo. Allí se quedo M., la sangre revolviéndose por todo el cuarto como un surtidor de gasolina suelto en el asfalto, con una sonrisa de estúpido iluminándole la cara. Poco después, justo antes de que llegase la ambulancia, se dio cuenta de que algo iba mal - ¡Qué infortunio el de este hombre! - pues empezó a detectar una sensación extraña que volvía a apoderarse de su cuerpo como de otro invitado no deseado se tratase. Un dolor muy fastidioso se aposentó en casi todos sus miembros - con insidiosa insistencia en la mano que ya no estaba - mientras le intentaba explicar al A.T.S de la U.V.I móvil que si era posible que le dejasen que se terminase de matar antes de que le trataran lo del corte. Dijo: “Por aquello de que todo esto es una mierda, me refiero a la vida, que si no pica, duele, no se crea usted que es por otra cosa”.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Hoy jugamos todos

Tenemos un hombre trajeado y orondo, la cara alargada desde la papada hasta el extremo casi invisible de las orejas. Los ojos saltones y con abultadas oscuridades en el contorno. Llamémosle, como homenaje, Lucca Brassi.

Tenemos un revolver y un libro. El revolver podría llegar a ser pistola pero el libro sólo podrá ser libro (nada de revistas que nos conocemos...)

El sencillo

Cuando Lucca Brassi con su cara trastornada de violencia buscó el revolver en su bolsillo sólo encontró un libro cualquiera.

El doble

En el instante en que tenía que sacar el libro, Lucca Brassi, en vez del libro plantó en la ventanilla de devoluciones un revolver cargado. Todo el mundo en la sala de lectura clavó sus ojos en él con una persistencia molesta.

El kafkiano

Y al sacar el revolver del bolsillo, Lucca Brassi, se dio cuenta de que ya no tenía un arma sino una edición ilustrada de la metamorfosis, lo sacudió como si de un insecto que ascendiera por su brazo se tratase, lo lanzó al otro extremo de la habitación y se froto los ojos para comprobar si podía despertar de aquella pesadilla; mas por mucho que lo intentó el revolver seguía siendo libro tirado en el extremo de la salita y las tapas se convirtieron en una ofensa continua a su propia existencia.

El familiar

Cuando el bueno de Lucca, que tenía cinco hijos, fue a cumplir el encarguito que le había endilgado el jefe se encontró de frente con el por qué nunca debía dejar a su mujer que le planchase los pantalones. Había confundido los de paseo con los de diario y en vez del arma lo que encontró fue un libro sobre la guerra de secesión que le fue de muy poca utilidad en aquel caso.

El jocoso

Y como aquel tipo tan enorme no encontraba pistola por ningún lado se lió con el canto de un libro a golpear en la cara al bueno de Lucca. Uno pensaría que aquello tampoco era tan grave pero hay que ver como se las gastaba aquella enciclopedia británica.

El lírico

Cuan jovial se sintió el desdichado Lucca al percatarse que en fuerza, un libro cualquiera, no tiene parangón de ningún tipo, que es el rey de la creación humana, y que ni la más florida arma metálica puede ensombrecer su grandeza.

El existencialista

Los ojos de Lucca se apagaron en una lágrima oscura y no era el boquete provocado por la bala eyaculada desde el cañón de la pistola lo que le mataba sino la fuerte sensación de que todo lo aprendido en aquel libro, todos los esfuerzos puestos en él, no habrían hecho nada para asegurarle que podía alcanzar algo más allá de todo.

El meta literario

El vacío irremediable que sintió Lucca al saber que él era un personaje y que a un gesto del escritor se podía trastocar su pistola en un libro o en cualquier otra cosa hizo que no pudiese actuar en el último momento. Sus músculos no respondían y en cierta forma ya estaba muerto desde el mismo momento en que supo que sus actos estaban controlados por otro hombre.

El duro

Lucca sólo confiaba en tres cosas: El libro sagrado, un revolver reluciente y sus agallas. No tenía nada más y al fin y al cabo hizo bien pues en el momento más delicado de su vida se salvó gracias a que la biblia paró esa bala obligada a lanzarse contra su pecho izquierdo.

El pornográfico

Lucca, el pecho desnudo y limpio, elevó las caderas y con su pistola erguida se hundió en la fragante esencia del libro abierto que formaban aquellas caderas, muslos y pelvis que se le insinuaban desde hacía horas.

El animista

El revolver soñaba, en las cálidas noches en las que las nubes encapotan el cielo y la cargan de humedad eléctrica, con otro tipo de vida, quizá con pasar esos momentos en la costa, en compañía de un libro, jugueteando y retozando sobre las manos de Lucca, pero siempre, a la mañana siguiente, se tenía que conformar con ser un matón de medio pelo otro día más.

El preciosista

El revolver apareció por detrás de todo, de aquellas sombras que cubrían el cuarto, y el libro no pudo hacer otra cosa que desprenderse suavemente hasta el suelo con el lomo herido y abierto. Lucca lloraba lágrimas de plata porque sabía que no había nada más doloroso, para alguien que va a morir, que el saber con antelación el hecho del disparo.

El mitológico

Y los libros eran gaviotas erguidas en el cielo, flotando y siendo perseguidas por el pecho orgulloso de Lucca y los feroces perros metálicos amarrados a su hombro con el arnés de la pistola; nunca terminaba la cacería porque estos movimientos eran perpetuos y seguían al sol en su eterno recorrido, por encima y debajo de nuestro mundo. Desde la tierra de los dioses al inframundo siendo de esta forma como se crearon las estrellas - las motas de metal que el gran cazador disparaba en busca del conocimiento.


martes, 8 de mayo de 2007

Barbecho

Paso la tarde en el Retiro bajo la luz de sol que parpadea contra mi piel. Estoy con mi amigo el punki. El sol sigue brillando a más no poder. A él le gustan los hombres y a mí las mujeres. A nuestro lado unas chicas practican algo que ellas llamarían yoga y a mí me parece más bien un ejercicio de estiramiento. No respiran de forma adecuada. Hablamos de algo que ahora no recuerdo y tengo una sensación de barbecho en el alma; a lo largo del cuerpo se me cuela como un espasmo. Una eyaculación leve. Hoy no hay nada más que hacer.

jueves, 3 de mayo de 2007

Héroes

Segundo cero.

El héroe levantó el arma y disparó contra ti sin dudar un único instante igual que si lo hubiera hecho ya un millar de veces. Por eso es él el héroe y no tú.

Así que recuerda. El brazo alzado en ángulo recto sobre el omóplato sin inclinación con el trompo central del torso más bien siguiendo una prolongación natural de él. Algo parecido a un crucificado con el carrillo de la cara pegado contra la clavícula. La pistola negra y pavonada, el cañón mirándote directamente a la frente. La mano asió la culata sin ninguna fuerza, los dedos sueltos en cascada, el corazón más tenso y prieto que el anular que a la vez era más firme que el meñique parecido al de alguien que toma el té en una nublada tarde londinense. La pistola se coge así. Nunca debe haber fuerza sino más bien equilibrio, todo depende del apoyo de la base del gatillo contra el costado superior del dedo corazón. No debes apretar la culata sino dejar que la pistola se apoye en ese dedo y luego introducir el índice sin tocar nada en la caja del gatillo; por último, para cerrar el ciclo de la muerte, acercar ese equilibrio a donde tú quieras elevando el abductor del pulgar lo suficiente para que, como en una postura de ballet, el cañón quede justo a la altura de tus ojos en linea con la mira y – por supuesto – el blanco.

Segundo coma seiscientos veintitrés.

El héroe tiene su arma negra mirando en tu dirección y ya no respiras porque en pocas décimas también dejará él de respirar pues esta ausencia de aire es necesaria para disparar. Al dejar de respirar tu ritmo cardíaco se reduce durante unos instantes pero no puede ser una ausencia de ese gesto pulmonar cuando estamos cargados de aire, primero es obligatorio expulsar muy despacio toda la carga torácica para que en el instante que todo esté vacío, que el cuerpo del tirador se haya acercado de una forma teatral a la muerte que quiere provocar – porque, ¿No es cierto que la ausencia de expiración es lo más próximo a la muerte? - se produzca esa breve espacio de tiempo en el que el pulso es débil, el brazo no falla, la musculatura se relaja y, al igual que el colibrí se posa sobre la flor, el índice - que ya había acortado la presión hasta el primer tope del gatillo – deja que se active la maquinaria.

Segundo coma novecientos treinta y cuatro.

Ya no hay héroe y tampoco estás tú. Deflagración perfecta contra un tubo de metal bronceado de aceite lubricante. Las balas no avanzan en linea recta sino que conforman una danza helicoidal, gracias a las estrías propias del cañón, a través de un aire que según las leyes de la dinámica se vuelve turbulento, el proyectil supera la velocidad del sonido y la onda generada avanza demasiado lenta para la velocidad que proyecta todo, oleadas de calor mientras el plomo de la bala se calienta y gira por el aire en una trayectoria que no es lo sufientemente errática para ti. El plomo cuando golpea cualquier objeto es demasiado blando para mantener su estructura y se abre igual que los capullos de una rosa roja. Una rosa roja para ti en tu bolsillo.

Segundo primero.

El héroe es héroe porque te mata a ti para seguir adelante, no se deja vencer y consigue disparar su arma. El nombre del héroe es el de la persona que tanto daño te hizo. Piensa en todos pues a lo mejor tienes varios nombres. Piensa en ellos. Mantenles concentrados en la punta de la lengua igual que si fueran balas. Todos tenemos esos nombres. Pero no los sueltes que cada uno conoce los suyos y con eso basta. Yo tengo los míos y son más de uno. El héroe es héroe porque se salva y no hay nada más que hacer que salvar a cualquiera para ser héroe, ergo...lógica aristotélica. Aquel es el héroe y tú el disparado. No te mientas ya que tú también tienes un arma pero no sabes usarla o no quieres, ¿Qué sería peor?

¿Tienes un arma? Algún día podrás ser héroe. Quizás lo has sido ya. Héroes.

martes, 1 de mayo de 2007

[Dis]torsión sobre película de Bergman

Somera descripción de la situación. Habitación alargada con una recargada decoración estilo francés. Elementos líquidos en los cantos de los muebles de madera lacados con distintos colores. Libros y esculturas semi desnudas invitan a la chimenea. Al fondo una puerta de gran porte y en el lado opuesto una ventana a través de la cual sólo se observan llamas crepitar. Todo está en silencio, ni hay lágrimas ni gemidos, tampoco música de ningún tipo. El diablo viste como un alto financiero, en bata y sobrio pañuelo anudado al cuello, de finales del XIX o quizás principio del XX, cuelga de su mano un espejo con un marco dorado; poco más que decir de él excepto que tiene un orzuelo en el ojo que le deforma la mirada entera. Su maldad parece sufrir una herida o mácula. En el extremo opuesto un sirviente con librea; su postura denota la espera de una orden que tiene que cumplir con diligencia. Entre los dos, entre el diablo y el sirviente, Don Juan se mantiene hundiendo la cabeza contra el omóplato, la mirada gacha, los ojos casi cerrados y oscurecidos por la sombra que forma el arco de la ceja. Se cubre el cuerpo desnudo con una manta negra que muestra la carne condenada del pecho y el cuello.

Diablo: ¿Sufre mucho, Don Juan?

Don Juan: Para su disfrute sí, señor.

Diablo: Ya te puedes marchar.

Don Juan se gira sobre si mismo, avanza hasta la puerta que el lacayo ya está abriendo y justo antes de cruzar, sin dudar, vuelve a encararse con la escena, esta vez la cabeza se mantiene erguida con orgullo.

Don Juan: Señor quiero que sepa que no me derrumbo, que le desprecio infinitamente. A usted y al que se encuentra más allá. Don Juan no se rendirá en toda la eternidad por más sufrimientos que le infringieseis. Pienso mantenerme como la burla de Dios en el propio infierno. Y os deseo a usted mucho éxito en vuestros mezquinos actos.

Al marcharse Don Juan se observa la cara impertérrita del Diablo con su cuerpo ligeramente inclinado, ni un gesto que denote el más mínimo enfado, mas cuando la puerta está a punto de ser cerrada por el lacayo, ya el Diablo de espaldas.

Diablo: Dejad dormir a Don Juan.

Lacayo: Si señor. Dejamos que sueñe o le permitimos el descanso de su ausencia.

Diablo: Que sueñe.

Lacayo: ¿Con qué le dejamos soñar?

Diablo: Con los placeres terrenales y todo lo relacionado con el amor, por supuesto.

Lacayo: ¿No será demasiado cruel?

Diablo: No es cruel. Ningún sufrimiento es suficiente para el que ama.

La puerta se cierra en silencio y el Diablo entreabre una sonrisa muy fina. Casi imperceptible con la puerta y las sombras de fondo en un plano muy corto.

"La virtud de una mujer es el orzuelo en el ojo de diablo" Proverbio Irlandés